Ficha n° 2202

Creada: 08 junio 2009
Editada: 08 junio 2009
Modificada: 21 septiembre 2009

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Autor de la ficha:

Maria Odette CANIVELL ARZU

Editor de la ficha:

Marta Elena CASAÚS ARZÚ

Publicado en:

ISSN 1954-3891

El poder de la pluma: los intelectuales latinoamericanos y la política

Los intelectuales latinoamericanos se sienten orgullosos de la denominación de clase. El poder de los “letrados” en Latinoamérica proviene de una larga tradición en la cual la casta intelectual participa activamente en el foro político de la nación. A diferencia de sus colegas en Europa o Estados Unidos, constreñidos por subsidios estatales a la profesión y las ventajas económicas de pertenecer a sociedades donde la labor intelectual es pagada por el estado, los intelectuales latinoamericanos son “agentes libres” subsistiendo independientemente de universidades y foros culturales con patrocinios económicos provenientes de fondos públicos. Precisamente debido a esa falta de apoyo a labores culturales y científicas, aunadas a instituciones políticas y sociales endebles y con poca representación mayoritaria, los intelectuales latinoamericanos acusan la necesidad de influenciar el buen manejo de los sectores sociales y políticos del país. En la primera parte del ensayo, utilizo el método comparativo para comparar y contrastar la autopercepción de los intelectuales de Latinoamérica con la de los europeos y anglosajones. Seguidamente, analizo la labor de dos escritores e intelectuales centroamericanos: Rafael Arévalo Martínez y Miguel Ángel Asturias. A través del análisis literario de dos de sus novelas de dictadura, examino el papel que ambos intelectuales desempeñaron en la arena política de su país de origen.
Autor(es):
Maria Odette Canivell Arzú
Fecha:
Junio de 2009
Texto íntegral:

Introducción

1El término intelectual es objeto de controversia. Los miembros de la clase que lo componen afirman sentirse incómodos al ser incluidos dentro del grupo. En la tradición anglosajona, francesa y alemana, ser apodado intelectual llega a alcanzar, incluso, connotaciones peyorativas. Las razones para ello son variadas e incluyen desde enfrentamientos por el significado del término hasta las posibles connotaciones políticas que acompañan la denominación. Otros factores que han influido para crear una percepción negativa del concepto se encuentran en la implementación de su labor intelectual; por ejemplo el caso de intelectuales quienes – al llegar a posiciones de poder – son acusados, como André Malraux, de “traicionar” a las comunidades que sirven, o aquellos que, dadas las condiciones del trabajo académico en el que se desempeñan, se los percibe como alejados de las comunidades a quienes representan, aislándolos efectivamente de la sociedad en la que cumplen su labor social. Otros factores que empañan el imaginario colectivo del término son acusaciones (fundadas o no) de venderse a los poderes del estado y otros deslices (ficticios o reales) que son asociados con la nomenclatura. De tal manera, tanto los intelectuales de la izquierda como los de la derecha se rehúsan a aceptar el apelativo testificando, enfáticamente, que no pertenecen a la clase que representan.

2La excepción confirma la regla, y en este caso, en Latinoamérica, el panorama se pinta diferente. Los intelectuales latinoamericanos se sienten, en su mayor parte, orgullosos de aceptar la denominación asumiendo, sin visos de crisis, el origen político del término y trabajando en su rol de portavoces de la comunidad y activistas políticos de sus conciudadanos.

3Parte de la diferencia entre estos intelectuales y los europeos, por ejemplo, es coyuntural. Mientras que en Europa y Estados Unidos las instituciones políticas son relativamente estables y duraderas, en Latinoamérica, las estructuras de poder registran serios problemas de fondo. Caracterizadas por sistemas judiciales corruptos, asambleas legislativas que contravienen los votos populares bajo los cuales fueron electos, sistemas democráticos endebles (cuando existen) y partidos políticos donde la corrupción esta a la orden del día, las naciones latinoamericanas no pueden confiar en sus sistemas políticos. Naturalmente, los lideres que dominan la política en la región han querido “limpiar” su imagen utilizando intelectuales para darle una pátina de respetabilidad a sus actividades gubernamentales o partidistas. Tal es el caso del nombramiento de Octavio Paz, como embajador de México en la India, que le diera un viso de respetabilidad al PRI; o los vicepresidentes Luis Alberto Sánchez y Carlos Meza (Perú y Bolivia respectivamente) cuya popularidad en sus países de origen cimentó la imagen de los partidos que los propusieran.

4Otro factor que ayuda al intelectual latinoamericano a sentirse parte de la clase que representa es cierto deseo, altruista quizá, de participar en la brega política. Los intelectuales latinoamericanos afirman que se “sienten llamados” a servir a su patria hartos de la constante disfuncionalidad de los sistemas de poder que imperan en la región que los viera nacer y, aún cuando su papel en la refriega política pueda ser cuestionado, estos mismos intelectuales se ven obligados a tratar de paliar la penosa situación social y política en su patria1.

5¿Por qué razón la intelligentsia latinoamericana se percibe a sí misma en forma diferente a la de su contrapartida en otros países…? ¿Qué factores contribuyen a posiciones tan disímiles sobre el tema…? Cuál es la definición más acertada de intelectual (y lo que ésta representa), son solamente algunas de las preguntas que el presente ensayo intenta responder. La metodología que sigo para hacerlo es comparativa, contrastando el papel que juegan los intelectuales latinoamericanos frente a los de otras regiones del globo. Se debe señalar que, para los propósitos de este estudio, empleo la definición tradicional de “intelectual” basada en el origen histórico del término, es decir: un escritor que usa el poder de su pluma para enderezar entuertos políticos.

6La primera parte del ensayo contrasta las autopercepciones de los intelectuales europeos y anglosajones con las de los intelectuales latinoamericanos, al tiempo que explora las diferentes clasificaciones de intelectual que se aplican a la región. Para ello, utilizo intelectuales que se identifican como parte de todo el espectro político e, incluso algunos, sin afiliación declarada. Lo sorprendente para mí ha sido descubrir que —tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo—las afiliaciones políticas no causan diferencia en la aceptación o el rechazo de la denominación. Por el contrario, los intelectuales de izquierda y de derecha en ciertos países de Europa y Estados Unidos se declaran por unanimidad hacia una percepción negativa sobre sí mismos como intelectuales, mientras que los de América latina se confiesan con orgullo perteneciendo a la clase generadora.

7En la segunda parte del artículo examino la obra de los intelectuales centroamericanos Rafael Arévalo Martínez y Miguel Ángel Asturias explicando de qué manera utilizan el poder de su pluma para poner de relieve la corrupción social y política de la que fueran testigos. Analizando el caso de los dos escritores como ejemplo de lo anterior, ilustro, en forma práctica, las diversas técnicas que ambos utilizan para llevar a cabo su función como intelectuales.

Los aprietos de los intelectuales

8A primera vista, pareciera como si los intelectuales están en crisis. Existe un debate sobre el papel que el intelectual juega en la sociedad del siglo XXI. ¿Será, como Edward Said apunta, porque los intelectuales son agentes al servicio de los intereses de las minorías que se refugian detrás de las paredes doradas de la torre de marfil… o, como señala Terry Eagleton, porque son snobs intelectuales más interesados en componer ensayos académicos cuyo objeto de estudio reside en “ponerle el ano a Coriolano” que en organizar debates sobre el futuro de la sociedad moderna2. Bertrand Russell y Noah Chomski, aun cuando no compartan los mismos espacios dentro del espectro político, están de acuerdo al afirmar que se niegan a aceptar el apelativo de clase. El primero comenta con desprecio: “un intelectual es alguien que cree que es más inteligente de lo que verdaderamente es; espero que no se me califique como tal” . El segundo añade que el intelectual esta muerto, asesinado por las fuerzas represivas que quieren conservar el status quo3. Los intelectuales, continúa, deben decir la verdad, aun cuando tal misión se hace imposible debido a las condiciones políticas que imperan. El “stablishment” ya sabe “su verdad”, añade el lingüista; naturalmente, el intelectual cesa de ser relevante bajo esas condiciones. Tanto Joan Didion como Noah Chomski, (quienes después de la tragedia del 11 de Septiembre 2001 fueron vilipendiados por añadir sus voces a las de miles de otros que pugnaban por entender las razones para la masacre) se preguntan cuál es el verdadero rol del intelectual: ¿estar de acuerdo con el sentir político de la mayoría o proferir explicaciones que, en numerosas ocasiones, disientan del sentir popular….?

9Los intelectuales anglosajones no son los únicos que se cuestionan cuál es su función. Los “clerks” franceses, criados bajo el implacable legado de Julian Benda, cuyo trabajo sobre La traición del los Intelectuales (1920) fue el primer espolón azuzando el cuestionamiento de la validez de la categoría “intelectual”, se preguntan si su rol político ha sido suficiente y efectivo4. André Malraux, Regis Debray y François Mitterand ciertamente parecen llenar con creces el apelativo; sin embargo, existe cierto malestar en el país galo para aceptar el título, ya que los nuevos cuadros dudan del papel que sus intelectuales jugaran actuando bajo la dirección del GIF y su negativa de acusar a sus propios dirigentes por las violaciones de derechos humanos, sobre todo en lo que se referían a los tratamientos de prisioneros en las cárceles del Telón de acero. Michael Scott Christofferson afirma que el rol de Michel Foucault (líder del GIF en esa época) fue decisivo en provocar la ambivalencia que actualmente sienten sus miembros, ya que a la clase dirigente se le acusa de negarse asumir cualquier postura intelectual o de liderazgo que pudiera cuestionar lo que sucedía en ese entonces. Posturas partidistas, en ese caso, parecieran haber lesionado la posibilidad de una intervención política eficaz5.

10Los intelectuales en Alemania se confiesan compartiendo una posición parecida. Jens Reich señala que, en Alemania del Este, los intelectuales estaban conscientes de ser el ala pensante del partido. La intelligentsia oriental-alemana se identificaba a sí misma como el brazo político intelectual del partido. Por ese motivo, señala Reich, ignoraron los gritos silenciosos de la mayoría que veía al proyecto socialista como opresor del los derechos humanos. Los intelectuales germano-orientales no solamente se vieron sumidos en una crisis de pensamiento político sino en una crisis de identidad intelectual6. La película The Lives of Others, dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck, ilustra este conflicto. El protagonista, el niño bonito de la élite del partido comunista se ve perseguido por un alto líder del partido a causa de la lujuria que éste último siente por su compañera de vida. La película pone de relieve lo que Reich manifiesta: la obediencia partidista evita que se reflexione sobre decisiones que pueden (a largo plazo) ser lesivas para la comunidad.

11Se debe destacar, sin embargo, que lejos de ser esta crisis de los intelectuales un fenómeno partidista de izquierda o derecha parece ser, por el contrario, un dilema de la clase intelectual en pleno. En Alemania del Oeste los intelectuales tampoco lograron satisfacer las expectativas de sus conciudadanos. Por el contrario, como señala Werner Muller los intelectuales en su patria no se sentían parte de la mayoría a la que debieran representar. Sufrían de lo que él llama “identifikationscheu” (vergüenza de identificación). Como señala Jerome Karabel,

12 (…) Contrario a lo que indique la literatura sobre el tema, no se debe creer que los intelectuales vayan automáticamente a adoptar una postura que los enfrente contra el régimen en el poder (cualquiera que éste sea); después de todo, en su mayor parte, estos mismos intelectuales ocupan una posición privilegiada dentro del régimen, ya que su bienestar depende de la adquisición de recursos controlados por las élites políticas y económicas con las que estén social y políticamente unidos7

13Aun si en el resto del mundo la elite intelectual se pregunta si su función social es obsoleta, se cuestiona sobre si juegan un papel pernicioso para la comunidad o se reclama una mayor presencia social, los intelectuales en Latinoamérica parecen ser la excepción. Curiosamente, el dialogo en la América hispana se inclina más hacia debatir de qué manera pueden los intelectuales jugar un rol fundamental en la vida política de sus comunidades, y menos sobre si están o no en crisis o no. Jorge Ibárgüengóitia narra la siguiente anécdota que ilustra la afirmación anterior. Con motivo de celebrarse un congreso intelectual en la ciudad de México, un participante tomó la palabra para declarar que los intelectuales latinoamericanos no habían participado de manera efectiva en la lucha política de sus países. Hubo furor en la sala. Los intelectuales allí reunidos se levantaron en masa y empezaron a declamar largas listas de mártires políticos que habrían perecido en su lucha por mejorar la sociedad latinoamericana8.

14En su obra seminal, La ciudad letrada Ángel Rama señala que el poder del grupo letrado latinoamericano se puede trazar estudiando su larga trayectoria política. Los letrados latinoamericanos, afirma, crearon ciudades letradas donde la inteligencia dio a luz a metrópolis ilustradas que concentraban en su seno los ideales de una cultura universal. Los intelectuales latinoamericanos han logrado conservar su poder político desde la fundación de las naciones de la América latina hasta ahora. Utilizando de manera efectiva el poder de la palabra escrita, los intelectuales hispanoamericanos han mantenido un rol activo dentro de sus comunidades al tiempo que se convirtieran en fuerzas independientes y paralelas al poder establecido9. Los intelectuales latinoamericanos — como clase política y social — han tenido un efecto importante para las comunidades que sirven. La lista de intelectuales, que ha ocupado cargos políticos de relevancia en sus países de origen, es extensísima, ya que sus miembros se han desempeñado como presidentes, vice-presidentes, ministros, embajadores, dirigentes políticos, senadores…

15La percepción del público latinoamericano, en general, es muy favorable hacia los intelectuales del área. A diferencia de los países ya mencionados, no solamente son bien recibidos por su comunidad, sino que sus conciudadanos se identifican con ellos. Mientras que la derecha y la izquierda intelectual de otros áreas geográficas se niega a aceptar el apelativo, los intelectuales en Latinoamérica son, en su mayor parte, figuras políticas y sociales de relevancia. Si en el mundo anglosajón se creó una nueva categoría, “el intelectual público” para tratar de limpiar la denominación de clase, en Latinoamérica pareciera que ser intelectual no causa tanta crisis. El público latinoamericano se siente bien representado por sus dirigentes intelectuales. En Colombia, por ejemplo, Gabriel García Márquez es algo más que un novelista aclamado por la crítica. Por el contrario, aún a pesar de sus posturas políticas, que algunos miembros de la clase conservadora colombiana pudieran considerar controversiales, el escritor latinoamericano goza de aprecio tanto en la derecha como en la izquierda latinoamericana. Por ende, los intelectuales latinoamericanos, sugiero, poseen “reconocimiento de marca”. Aún si Mario Vargas Llosa o Gioconda Belli hayan tenido escaramuzas políticas de las que salieran mal paradas, sus conciudadanos todavía los tienen en alta estima. Puede ser que no hayan leído sus libros, (en nuestros países, desgraciadamente la lectura es un gusto caro. Con los precios de los libros como están, no es sorprendente que pocos tengan acceso a la lectura de los autores nacionales) pero los latinoamericanos saben quienes son sus intelectuales y los aprecian como tales.

16Uno de los problemas que el término enfrenta es su origen. La palabra intelectual apareció por primera vez a raíz del caso Dreyfus a fines del siglo XIX, en Francia, cuando un grupo de escritores liderados por Emile Zola (Marcel Proust, los hermanos Marcel y Anatole France) unidos al político Jean Jaurés intervino para liberar al capitán Albert Dreyfus, injustamente acusado de espionaje. Los intelectuales, como se llamaron a sí mismo, o los “desrazonados” como el establecimiento político francés los llamó en su época, tardaron casi 20 años en lograr la restitución de Dreyfus. La famosa carta de Zola, “Yo acuso” pedía al presidente de la república francesa que se atreviera a decir la verdad; ya que la justicia había dejado de ser ciega – por motivos políticos -(antisemitismo, entre otros), Zola se comprometía a defender el derecho de aquellos cuya voz había sido silenciada y cuyo proceso judicial era una farsa. Como señalan los politólogos Anthony Kempf-Welch y Jeremy Jennings, la palabra intelectual fue, desde su aparición en el léxico, utilizada dentro de un contexto político10. Y es ese contexto político lo que problematiza el término. Las izquierdas intelectuales europeas titubean al ser calificadas como intelectuales gracias a la obra de Julian Benda, quien acusara a los intelectuales franceses, a raíz de la primera guerra mundial, de pasividad, complicidad con el régimen y de comportarse como reyes (sin reino) por encima de aquellos a quienes hubieran debido servir. Terry Eagleton comenta que los intelectuales de nuestra época viven en un mundo esquizoide, lleno de sujetos desarrapados cuya capacidad para atarse las cuerdas de los zapatos está en relación directa con la que tengan para poder destronar al estado11.

La derecha, por su parte, comparte con la izquierda cierta reluctancia a formar parte del grupo. George Orwell afirmaba con desprecio que los intelectuales en Inglaterra adquirían recetas de cocina de los franceses y pistas intelectuales de Moscu12. El investigador Martin Anderson llama a los intelectuales norteamericanos “los mercaderes del templo”, afirmando que han llenado sus propias necesidades económicas ( al adquirir un trabajo estable en una universidad) mientras llenan las cabezas de sus pupilos con tonterías políticas13. Si la definición de intelectual tiene una connotación francamente política y la creación del término aparece en un contexto de reforma social, ¿por qué razón, tanto la izquierda como la derecha intelectual (en casi todos los casos, excepto Latinoamérica), duda ante el apelativo?

17Las razones son varias. Mientras que en Latinoamérica ser intelectual no es una profesión, sino una vocación que se paga harto cara, en los países industrializados, los académicos y aquellos que se dedican a labores intelectuales son subsidiados por el estado directamente (Alemania, Francia, Inglaterra, España…) o indirectamente a través de fundaciones culturales, patrocinios etc… En Latinoamérica, por el contrario, no existen sistemas de “tenure14”, ni posibilidad de que el estado (o la iniciativa privada) te mantenga. La mayor parte de los catedráticos universitarios, los escritores e intelectuales se mantienen con el fruto de su labor en otros trabajos no directamente relacionados con su vocación académica.

18La segunda razón por la que los intelectuales latinoamericanos parecieran participar más activamente en el proceso político de sus países de origen es estructural. Como apunta Doris Sommers, durante el siglo XIX, la lista de fundadores de la patria que también eran escritores, en Latinoamérica, es muy extensa. Esta tradición de servicio político a la patria sirve diferentes funciones. La crítico literaria Marta Morello-Frosch afirma que la tarea del intelectual latinoamericano es servir de líder en la construcción del proyecto nacional, así como convertirse en la consciencia social que lleve a la fundación de la patria. Su función, es pues, ayudar a la creación de la nación latinoamericana. Los intelectuales se enfrentan a este reto a través de “crear historia” escribiendo y documentando a la vez la historia de la nación de la que son protagonistas y fundadores. Utilizando la ficción (novelas, prosa literaria) para crear esa historia-Historia el intelectual latinoamericano imagina una visión de la patria que permita construir el modelo de la nación. Como señala Rama, la razón de ser del intelectual de Hispano-América es crear una plataforma ideológica coherente para consumo público que permita la fundación de las instituciones políticas necesarias15.

19No es esa su única labor. Gonzalo Sánchez Gómez define al intelectual latinoamericano como figuras en la vida cultural del país que anteponen el bienestar de la comunidad a sus necesidades personales. El público, por su parte, los considera los guardianes del capital cultural de la nación. Como resultado de su trajinar en la vida política de la nación, los intelectuales en Latinoamérica están tratando de re-definir su papel dentro de la sociedad a la que sirven. Analizando el papel que han desempeñado históricamente, Sánchez-Gómez contempla cuatro tipos de intelectuales para la región:
El intelectual-profesor (y padre de la patria) que luchó en los tiempos de la Colonia para recuperar un espacio cultura y lograr autonomía política, social y académica (Simón Bolívar, José Martí, Andrés Bello entre otros). El intelectual-crítico, que utilizaba la pluma para cuestionar problemas políticos y sociales dentro de la nación (Belli, Elena Poniatowska, Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, García Márquez…). El intelectual como mediador, que utiliza la diplomacia para resolver conflictos entre fuerzas opositoras (Belli, Asturias, Rodolfo Cardenal, Alfonso García Robles…). Por último, el intelectual por la democracia quien lucha por restaurar la democracia en una área geopolítica donde tal institución se encuentra, a menudo, de vacaciones… Rodolfo Walsh, Belli, y Domingo Sarmiento son un pequeño ejemplo dentro de este sub-grupo.

20Uno de los problemas de la clasificación Sánchez-Gómez es que ciertos sub-grupos tienden a poseer fronteras difusas. Muchos de los intelectuales latinoamericanos pertenecen a dos o más grupos. Como veremos en la segunda parte de este estudio, este fenómeno se refleja en la práctica. A pesar de ello, el papel social y político del intelectual latinoamericano parece ser bien definido y, a diferencia del de los europeos y americanos, recibido favorablemente por la sociedad a la que sirven.

Los intelectuales públicos en Centroamérica: literatura, meta-ficción y tiranía en las novelas de dictadura

21A la universidad no se viene a pensar, se viene a estudiar, y si quedan energías, para eso está el deporte16.

22En las postrimerías del siglo XIX, la literatura latinoamericana empieza a cobrar fama universal. Autores como Cecilia Fernandez de Villaverde, Luis Echeverría, Domingo Sarmiento y José Batres Montúfar; poetas del calibre de José Enrique Rodó, Martí, Ruben Darío y Amado Nervo, y humanistas como Bello y Bolívar irrumpen en la escena de las letras mundiales. Su contribución a la poesía, novela y ensayo se hace conocida más allá de las fronteras de la América hispana y peninsular. Las traducciones de sus obras a otras lenguas permiten su difusión en ámbitos que, hasta entonces, le habían sido vedados por la barrera del idioma y el poco entusiasmo que nuestros críticos literario – y los mismos autores – le dedicaran a las letras de la América hispana. Novelas del calibre de, Sab, y María; ensayos novelados como Civilización y Barbarie o la novela testimonio Francisco, y hasta los mismos poemas de Pablo Neruda o César Vallejo desbordan los marcos regionales y geográficos para convertirse en muestras de la calidad intelectual de los valores nacionales de Latinoamerica: con la apertura de los mercados académicos internacionales a las letras del Nuevo Mundo hispánico, Europa y Estados Unidos se dan cuenta que América Latina existe.

23En este despertar al mundo de la literatura hispanoamericana, el lector (propio y ajeno) puede percibir que las obras escritas por los autores de la América hispana poseen ciertos rasgos distintivos únicos en comparación con la producción literaria de otras áreas geográficas. El conjunto de naciones que forma lo que denominamos “Latinoamérica” se caracteriza por poseer una historia, una religión y una lengua común que agrupa a naciones independientes alimentadas por un legado colonial compartido. La América hispana comparte un pasado histórico y una estructura social afín, a pesar de estar formada por estados cuyos orígenes eran, antes de la llegada de Cristóbal Colón, muy diferentes. El territorio que naciera de la confrontación de dos mundos y que comparte tres culturas diferentes (los conquistadores, de origen europeo, los habitantes pre-colombinos del Nuevo Mundo, los Africanos y el resultado de la mezcla entre todos), participa de una historia en la que las lenguas romances de origen europeo, las instituciones legales y civiles – basadas en el derecho romano -, y las practicas religiosas y económicas impuestas desde la visión cultural del mundo occidental (el cristianismo, para la primera; el capitalismo, para la segunda) confluyen para crear ese “espacio común” del que los autores de habla hispana, se ufanan.

24En el área de la literatura, salta a la vista que el contexto histórico-social en el que se enmarca la producción literaria de la América hispana está marcado por movimientos sociales turbulentos, represión estatal y censura. Con contadas excepciones, la mayor parte de los países latinoamericanos ha enfrentado (y enfrentan, en tiempo presente) crisis sociales y políticas producto de gobiernos déspotas, corruptos o ambos. La situación económica de la región se caracteriza por una desigualdad extrema en las clases sociales, una dependencia del comercio exterior con países del primer mundo, cuyas demandas económicas (aplicadas bajo la máxima de la “ley del más fuerte”) hace inalcanzable cualquier sueño de igualdad social, y una debilidad institucional que permite pocas mejoras en los sectores sociales, políticos y económicos16. Los escritores del área, conscientes de su rol como “escribidores” de la realidad que viven, plasman en sus obras imágenes de la vida latinoamericana que, lejos de acentuar el costumbrismo regional, se hermanan en el retrato vivo de un escenario social plagado por problemas socio-políticos – aparentemente insalvables – pero comunes a todo el mundo hispanoamericano.

25El resultado de este sincretismo cultural exógeno se ve reflejado en su literatura, en donde se perfila una preocupación por la identidad social latinoamericana, así como por los grandes retos a los que se enfrentan las naciones del área. La literatura de temas políticos, como la novela de dictadura, es vehículo óptimo para criticar el “circo” político de nuestros pueblos; por tal motivo, aprovecharé sub-género de la narrativa del despotismo, que, a mi juicio, retrata la “realidad” de la historia latinoamericana de principios y fines del milenio, para ilustrar el rol de los intelectuales latinoamericanos y el poder político y social de su pluma. En particular, voy a examinar la contribución de los intelectuales y escritores guatemaltecos Asturias y Arévalo Martínez a la vida política y literaria de su patria. Pretendo demostrar que su obra literaria narrativa, principalmente las novelas: El Señor Presidente y La oficina de paz de Orolandia denotan una intención historiográfica, de corte meta-ficcional, producto de una honda preocupación con los problemas sociales de su patria.

26El crítico literario Gerald Martín afirma que El Señor Presidente es la novela ideal para aprehender la relación entre “la temática (política) y la técnica (literaria)”, ya que la estructura de la narrativa nos permite llegar a “capas mucho más profundas [dentro] del análisis textual e intratextual” de la obra (XXV, b). Como su título lo indica, la temática fundamental del Señor Presidente es la descripción del papel nefasto de los dictadores de Guatemala, en particular, y Latinoamérica, en general, quienes, como afirma Facundo Cabral, en plan de chanza, parecieran ser el regalo especial de Dios a la región. Señor Presidente, en palabras de Martin es a la vez una novela de dictadura y de dictador, escrita desde París sobre Guatemala. “Desde el comienzo de su carrera literaria”, dice Martin, “Asturias se imponía un doble empeño como escritor…revelar al mundo entero la identidad de Guatemala e identificarse totalmente con ella”. De esta manera, el escritor guatemalteco logra demostrar que cada “identidad específica deriva de la universalidad que le es anterior y vuelve incesantemente a ella17”.

27Las intenciones historiográficas del Señor Presidente son aparentes en su temática e, incluso, en la publicación de la obra, ya que, por razones políticas, no pudo ser publicada hasta que el general Ubico cesó como Presidente de Guatemala. Negando con su labor literaria la máxima de Pinochet de que a la universidad no se viene a pensar, sino a estudiar, los escritores de la América hispana— como Asturias — “re-piensan” en su obra narrativa, la historia política de su patria. Su tarea deja de ser meramente “literaria” para convertirse en un ejemplo de la intelectualidad profesada por Zola en su carta abierta Yo acuso.

28Siguiendo su ejemplo, los intelectuales-escritores latinoamericanos, y principalmente los narradores que menciono en este ensayo, utilizan su labor literaria como trampolín para denunciar una realidad que, de no ser disfrazada por la técnica literaria, les puede costar la vida. Asturias lo hace abiertamente en el terreno, supuesto, de la ficción literaria, presentando al lector un panorama de muerte y desolación. Arévalo Martinez se enfrenta al tema de manera más sutil, creando una realidad metonímica alterna para explicar las causas del deterioro político de la nación centroamericana.

29 La elección de ambos autores no es arbitraria. Junto a Cien años de soledad, Tirano Banderas y El reino de este mundo, la obra de Asturias es considerada una de las mejores novelas de dictadura de todos los tiempos. El caso de Arévalo Martinez es distinto. El mejor retrato sobre un tirano del autor es, sin lugar a dudas, Ecce Pericles. La oficina de paz de Orolandia, empero, le sirvira como base a Asturias pare recrear la estructura retorcida de la autocracia en Señor Presidente18. Tanto Arévalo Martinez como Miguel Angel Asturias ocuparon cargos políticos de relevancia. Arévalo Martínez fue nombrado en el cargo de secretario de la oficina de la Paz y viajó a Estados Unidos para promover los intereses de Guatemala. Asturias se desempeñó como cargos como diplomático, comentarista de radio (con visos políticos) y líder universitario. La literatura de ambos refleja esta dicotomía: por un lado, presenta la sensibilidad artística del poeta heiddgeeriano describiendo la realidad del mundo circundante; por el otro, acusa recibo de las consecuencias de las acciones de los sátrapas y, ya sea por medio de la sátira, como en caso de Arévalo Martinez, o la descripción “real-maravillosa” de un mundo tenebroso, ponen de relieve la injusticia social de las comunidades que representan.

30Tal dualidad no es necesariamente paradójica. Si el viejo adagio de que la obra literaria refleja el neuma de la humanidad tiene algo de verdad, no es de extrañar que podamos recabar información detallada sobre los valores, ideas y deseos ocultos de una comunidad a través del estudio de su literatura. Como afirma Wolfgang Iser, hablando en particular de la novela, este género literario “es el medio por el cual el lector se convierte en un descodificar sociológico de textos, autores y caracteres” que reflejan nuestro mundo a través de la utilización de universos mito-poéticos19. El critico literario Ian Watts va más allá, manifestando que la novela es el género que permite al individuo la mas estrecha colaboración entre el arte y la vida20. De todos los géneros literarios, comenta el autor, las novelas son el instrumento que nos permiten acercarnos a la vida política y social de un país. Aunque pueda parecer pecar de ingenuos creer que toda forma de literatura, como manifestación de la sociedad que la genera, careciera de un trasfondo social, es en la novela donde la vida política y social de un país pareciera cobrar más vida21.

31Como afirma Macune, (citando a Río Seco) la novela latinoamericana adquiere un valor añadido gracias a que se convierte en la manifestación cultural más importante del continente22. En sus páginas, podemos develar información invaluable sobre aspectos sociales, políticos y culturales de la América hispana. En términos historiográficos, el escritor latinoamericano actúa como protagonista de la Historia, a la vez que registra apuntes de “notario” autentificando los hechos de los que es testigo. Morello-Frosch se refiere a esta particular característica de las letras hispanoamericanas como la “consciencia crítica” que permite la fundación de los “proyectos nacionales de autonomía”, y traza sus raíces a la época de la conquista23. En este determinado papel, los escritores de la América latina re-crean una “nueva” historia de su patria en la que asumen el papel de narradores y protagonistas. Cronistas como Bartolomé De las Casas, Bernal del Castillo, o los mismos conquistadores Colón y Hernan Cortés, re-escriben la historia utilizando sus propias experiencias como parámetros personales. A pesar de la evidente parcialidad de tales documentos históricos, los historiadores y críticos literarios han recabado, en los textos literarios de la América española (especialmente en la novela), información invaluable sobre temas culturales, políticos y sociales de la región.

32Los descendientes literarios de los cronistas de allende, a los que Ángel Rama denominara: los letrados de la América Latina, se caracterizan por poseer una longevidad, en términos políticos y económicos, ciertamente notable. Alcanzando, en muchos casos, una influencia política inesperada, (cuando se los compara con intelectuales en Estados Unidos y otras partes del mundo) los letrados latinoamericanos nos han legado una herencia literaria de corte meta-ficcional en la que se combina una visión subjetiva (aunque realista) del mundo circundante, con la narrativa de hechos ficticios que le otorgan su característico marco fundacional a la novelística hispanoamericana.

33Como bien señalan Jorge Castellanos y Miguel Ángel Martínez, el novelista latinoamericano tiende a concentrarse en temas de carácter universal, articulando la esencia de “lo abstracto, más que de lo concreto”, el descubrimiento y análisis de la sociedad, más que del estudio del individuo24. De esta manera, la novela latinoamericana, como documento histórico, cobra una realidad que va más allá de la mera ficción, en la que la meta-ficción historiográfica de la obra permite estudiar casos individuales como ejemplo de la labor del intelectual centroamericano, en este caso, en el ámbito político.

34En parte debido a la primacía del topo político dentro de la literatura de la América hispana, los escritores latinoamericanos parecieran sentirse consumidos por un “sentido de obligación” que los confronta con el deseo de convertirse en iniciadores del diálogo en cuestiones públicas. Autores como Mariano Azuela, García Márquez, Vargas Llosa, Domingo Sarmiento, Rómulo Gallegos, Asturias, José Cecilio del Valle e incluso ensayistas como Arévalo Martinez (solamente por mencionar algunos) han combinado su afán literario con una vida política activa. Con la excepción de Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares, la mayor parte de los escritores latinoamericanos han estado involucrados, de una manera u otra, en la vida política de sus naciones de origen. Corrupción, una estructura social endeble, políticos ineficaces y la hiper-abundancia de gobiernos antidemocráticos y dictatoriales han creado una hiper-concientización sobre las funciones y deberes políticos del intelectual de la región. Por tal motivo, los letrados del área se ven forzados a operar en dos planos: el literario y el político-intelectual. Tal y como afirman García Márquez, Vargas Llosa y Azuela, la literatura en Latinoamérica es algo más que un comentario sobre la sociedad circundante. La literatura es un fiel reflejo de los acontecimientos políticos y sociales que aquejan nuestro terruño, de la vida e incidentes cotidianos que le ocurren a nuestra gente. Así, la narrativa de Hispanoamérica deja de concentrarse en narraciones de historias y eventos individuales para convertirse en “una sociología y antropología de lo imaginario” donde, a pesar de lidiar con temas de corte ficticio, adquiere un valor como documento histórico25.

35Tras su regreso de un viaje por Centroamérica, Aldous Huxley comenta que para conseguir imaginar la estructura geopolítica de los grandes “poderes” europeos basta con utilizar a Centroamérica como laboratorio. Como dice el autor Franz Galich, la historia de Centroamérica se encuentra preservada en los anales de su literatura. El elemento primordial que permite la aprehensión de la esencia vital de Meso-América consiste en la travesía por la memoria de su obra escrita26. Allí, la realidad histórica y la ficción literaria entretejen nudos gordianos imposibles de deshacer. De igual manera que en el resto del hemisferio hispano, la “narrativa continental re-escribe la historia como contra discurso; transformando en resistencia al Poder en la representación de nuevos sujetos, discursos y mundos27”. La dicotomía realidad-ficción se transmuta en un universo continuo, cuyas fronteras de extensión son arduas de delimitar. Los intelectuales escritores historifican; la literatura se transforma en tratado sociológico.

36El señor presidente es buena muestra de lo anterior. La obra que empezara a escribir Asturias a principios de los años veinte en París, (en forma de cuento) y terminara por publicar casi treinta años más tarde, se torna ejemplo paradigmático de “literatura” como plataforma política. Como señala el historiador Charles Macune, los novelistas latinoamericanos han tenido un efecto reformador en la historia de sus países ya que la narrativa latinoamericana es algo más que una imagen psicológica o filosófica de la sociedad que representan28. Dejando de lado la posible influencia que tuviera sobre su hijo, el comandante Rodrigo Asturias, es difícil argumentar que la novela de Asturias no haya causado repercusiones en la política interna de Guatemala29.

37En el caso de Señor Presidente, este rasgo meta-ficcional historiográfico va aún más lejos: Martín señala que la obra magistral de Asturias es una de “las radiografías más iluminadoras del fenómeno del Dictador latinoamericano” (XXVIII), contemplado desde el punto de vista del artístico, así como el de la crítica política. A pesar de que las palabras dictador, dictadura y Guatemala no aparecen en ningún lugar del texto, la obra produce un pre-sentimiento ineludible de que es “una novela histórica” donde los personajes y eventos de la narrativa ficcional están “basados en datos históricos y geográficos pertenecientes a la realidad guatemalteca”. El poeta Raul Leiva resume esa maravillosa capacidad del joven Asturias para re-crear realidad en la ficción, señalando que es el escritor guatemalteco que mejor ha sabido “interpretar y expresar el espíritu nacional, el modo de ser del ente guatemalteco”; Miguel Angel, continúa el poeta, representa a los valores “intelectual, racial y moral de una colectividad geográfica y humana30”.

38La obra de Asturias, en general, y El Señor Presidente, como ejemplo extraordinario de novela de dictadura y de dictador, ha tenido una influencia meta-literaria de corte político y social que va más allá de la revolución estilística formal por la que algunos autores ensalzan al novelista guatemalteco. El propósito de Asturias en esta obra emblemática sobre el carácter y figura del dictador pareciera ir más allá de la mera presentación de evidencia histórica sobre los males del despotismo. Haciendo eco de las corrientes modernistas que corrían por el París en el que vivió, Asturias lleva al lector hacia una recreación de la realidad guatemalteca en la que su audiencia se convierte en parte protagónica de la novela. Los lectores: re-viven, por medio de la representación de un mundo esquizoide, las alucinaciones de esa pesadilla “dantesca”, ese universo infernal descrito por el autor. El tremendismo de la novela, lejos de producir la risa fácil característica de la novela caricaturesca de Valle-Inclán, crea una sensación de agobio31.

39La atmósfera escalofriante que revelan las páginas de la novela se ve reforzada por técnicas estilísticas recién importadas de Europa: aliteración, repeticiones, el yo enunciativo que se deslía en tiempos simultáneos, creación de nuevos lenguajes, la desintegración de la lógica lineal que resulta en tiempos y espacios encontrados, los cambios frecuentes de perspectiva – a fin de producir un sentido de desorientación – la incorporación de elementos pre-hispánicos, de mitos presentados como realidad etc. Este efecto “tremendista”, hiperbolíco y grotesco (más identificado con los Caprichos Goyescos que con una narración literaria) produce cambios en la percepción de la realidad y acentúa – dramáticamente – la corriente empática por la que el lector se siente “absorto” en su lectura de los hechos. Como afirma Martin, sobre Hombres de Maiz (pero que bien se aplica a Señor Presidente, la novela “inserta la experiencia propia dentro de la historia de su país y de su continente”, a la vez que realiza una “meditación sobre el lugar de América Latina dentro de la historia mundial32”. De tal manera, El Señor presidente se convierte en una reflexión profunda sobre la naturaleza de la dictadura en el territorio de la América hispana. Como afirma el mismo autor, la génesis literaria de su obra refleja, en todo momento, la necesidad interna de plasmar el dolor que le produce al artista la falta de Guatemala. El autor se asoma al “yo íntimo” de su patria; se conmueve por “su lento gravitar en gotas de rocío, y su caer en el barro”. En la pérdida que enfrenta al escritor con el contacto geográfico de la “patria material”, se produce un vacío. La patria, dice Asturias, “se me fue muriendo dentro, y de ella fue quedando otra patria. La Patria espiritual. La mía. La honda33.”

40El Señor Presidente llena ese hueco interno. La novela es no solamente una disquisición intelectual sobre la condición humana bajo los efectos extremos de la pérdida absoluta de la libertad, sino una reflexión evocadora de la Guatemala por la que anhela Asturias y con la que sueña (con todo y dictadura) desde el París donde se encuentra estudiando34. En la obra, Cara de Ángel deja de ser el protagonista imaginario de una novela, para convertirse en cualquiera de nosotros, perseguidos por las hordas invisibles del dictador, torturados por el sentimiento de que vamos a ser capturados. El dictador triunfa porque consigue implantar el miedo en toda una comunidad. Cara de Ángel, bello y malo como Satán, empieza la novela como el alter ego del sátrapa, apoyando sus vilezas, convertido en el ejecutor de sus infamias. El amor transforma a Cara de Ángel. Pero lejos de otorgarnos el respiro del triunfo ante tan anticipada metamorfosis, observamos con desmayo de qué manera el amor al “enemigo” destruye al protagonista y a todos los que le rodean. Asturias despoja al amor romántico de sus cualidades terapéuticas, como si afirmara que en esa humanidad “engusanada”, donde impera la crueldad y el resentimiento, hasta el amor pierde sus virtudes redentoras. Aún faltándole la patria, Asturias es plenamente consciente de los horrores de la situación política de su país, sobre la que lleva escribiendo, en forma novelada, desde temprana edad. El “yo” narrativo dibuja un panorama de Guatemala en donde las redes de corrupción, alimentadas por el miedo y la delación rastrera, se reflejan en el sentimiento agudizado de la impotencia ante una sociedad que se desmorona por la misma falta de protesta social efectiva y una acción definitiva en contra de la satrapía.

41Arévalo Martinez, cuya Oficina de paz de Orolandia aparece en 1922, describe esta realidad dantesca de manera más sutil que su compatriota. En esta escueta novela, la oficina de paz es un sustituto simbólico – aparentemente inofensivo – del aparato autocrático que retrata Asturias. Los “dictadores” de la oficina de la Paz de Arévalo Martinez no son monstruos sino, únicamente, oportunistas corruptos e ineficientes que se aprovechan de una sociedad dis-funcional para sangrar a la nación. A diferencia de Asturias, cuya descripción de una sociedad enferma es evidente, el autor de Ecce Pericles satiriza los efectos de la dictadura utilizando un objeto inocuo: el organismo a la “gringa” creado por acuerdos internacionales a los que nunca nadie tuvo alguna intención de cumplir. Este “territorio tropical” al que el autor acusa de “incuria y desverguenza”, se convierte en laboratorio para estudiar el fenómeno de la dictadura. Utilizando la descripción indirecta de las consecuencias de los regimenes autocráticos: arbitrariedad, jerarquización, el nepotismo y el miedo (entre otros) el lector penetra en el mundo del despotismo semi-ilustrado35. El tiránico estado de Orolandia produce así una patria donde el del Sur “odiaba a los del Norte, del Centro, del Este y del Oeste, (y quienes por contrapartida) le devolvían desprecio por desprecio, y así sucesivamente”. Con el lema de divide y vencerás, el sátrapa de turno se las arregla para reinar sobre un estado donde la idea de la libertad no existe. El escritor describe los efectos de la dictadura sobre su patria; el dictador es para Orolandia: “más mortífero que la peste, más ruinoso que la guerra, más temido que el veneno”. Arévalo Martinez ataca directamente al tirano y a la dictadura en los capítulos XVIII, XIX, XX y XXI. En las primeras 80 páginas de la obra se registran alusiones veladas a la dictadura, ya que la “oficina” sirve como recurso sinecdoquico que ocupa el lugar del verdadero objeto del discurso. Así es hasta la página 102 – en adelante – donde el autor, habiendo desarrollado magistralmente la estructura social de este organismo simbiótico que le sirve como modelo para estudiar el fenómeno de la dictadura, compara su “oficina” con el estado autocrático, aquejado por los mismos males que representa: terror, dependencia económica, corrupción, nepotismo, arbitrariedad…

42Ambas obras se acercan al fenómeno de la dictadura de manera diferente. Mientras que la obra de Asturias gira directamente alrededor del personaje del dictador y de la dictadora, Arévalo Martínez recrea un escenario alterno: el producto de la dictadura encarnado en una pequeña, e inocua, dependencia. Las diferencias entre ambos autores son fácilmente explicables. Mientras que la obra de Arévalo Martínez pareciera registrar cierta actitud ambivalente (a la vez “yancófoba” y yancofílica”- en una obra que aparentemente critica a “Gringolandia”), Asturias adopta una actitud diferente. Mientras el primero suspira “quedito” por una sociedad americanizada; el segundo quiere re-descubrir los valores del mestizaje. En los años 20, en Guatemala, tal empresa era notable; la mayor parte de los intelectuales de la época ni siquiera se planteaban la posibilidad de que existiera algún valor cultural, político o racial en la población indígena guatemalteca36. Asturias fue un precursor en este aspecto. Como señala Francisco Alvizúrez Palma, los temas asturianos están revestidos de un “sentimiento de validez” que nos permiten re-descubrir, cincuenta años después de la publicación de la obra, elementos que se aplican a la sociedad guatemalteca (y latinoamericana en general) actual.

43En cierta manera, la labor de Asturias, y por extensión la de los demás “letrados” hispanoamericanos, es combatir el miedo, la apatía social y la inapetencia política a través del desnudamiento de los males que aquejan nuestras sociedades. Utilizando mecanismos muy parecidos a los del psicoanálisis, conjuntados (a la “chapina”) con las “worry dolls”, desvisten lo grotesco, el infierno goyesco retratado en los Caprichos, con su sube y baja gubernamental y los monstruos producidos por una razón política que da luz a la criatura infernal del despotismo37. Perilli afirma que el imaginario de la novela, a fines del milenio, está marcado por las crisis de las nociones tradicionales de la historia y la literatura, así como por un cambio en la percepción de lo “ficticio y lo real; lo verdadero y lo falso”. En ese sentido, el ambiente conjurado por Asturias y Arévalo Martinez deja de tener únicamente “validez” literaria, para entrar a pertenecer al dominio “donde la palabra histórica fija un Sentido”. La novela se convierte en una especie de periodismo de ilustración, en el sentido más amplio de llevar a la luz un evento, iluminar aquello que no se conoce. Bajo el tropos sinecdóquico, el autor substituye a Estrada Cabrera (depuesto para la fecha de publicación del Señór Presidente) por Ubico (recién depuesto en aquellos años). Así, un dictador u otro igual valen. La literatura los agrupa, indivisos, por igual. Francia, Somoza, Estrada Cabrera, Ubico o cualquiera de los múltiples sátrapas quienes, como plaga apocalíptica de langostas, atacan a regulares intervalos las frágiles democracias de la América hispana, se convierten en protagonistas de estas novelas historiadas donde la meta-ficción literaria torna en historiografía. De esta manera, la novela de dictadura se convierte en un arma para combatir esta lacra social; las consideraciones estéticas ocupan un segundo lugar frente al deseo de construir un instrumento de lucha contra el despotismo; y los escritores juegan el papel de delatores-relatores públicos frente a regímenes imposibles de defender38.

44Arévalo Martinez se enfrenta a los problemas intelectuales de la nación de forma diferente. El autor de “El hombre que parecía un caballo” apenas salió de Guatemala. Su infancia transcurrió en el seno de una familia católica muy devota, donde lo declararon, según narra en Una Vida, incapaz de estudiar. Sufriendo de neurastenia, acude a un médico para que le recomiende tratamiento por su imposibilidad de trabajar. Se da cuenta que su malestar es el malestar de la patria: “en el momento preciso en que, finalmente, Arevalo intuye su propio camino, también comienza a modelar la identidad de Guatemala39. A pesar de que cronológicamente La Oficina de Paz de Orolandia y el cuento “Las fieras del trópico” son publicaciones anteriores a Señor Presidente, la genética de la obra fue la misma: la dictadura de Estrada Cabrera y sus descendientes. Como apunta Taracena, el personaje principal de “Las fieras del trópico” estaba basado en el general Jorge Ubico, para entonces gobernador del departamento de Retalhuleu40.

45La historia juzgará el éxito de estos intelectuales latinoamericanos que combatieran con su pluma las injusticias sociales. Además de su rol de mediador, muchos de ellos ocuparon cargos políticos o diplomáticos de importancia. Asturias fue embajador en Francia; Paz en México y la India. Arévalo fue representante ante la asociación panamericana de estados. Carlos Fuentes ocupo puestos diplomáticos. Vargas Llosa, Azuela, Arturo Usigli, José Vasconcelos, José Cecilio del Valle, el mismo Salvador Allende, Ernesto Sábato, Julio Cortazar, Alfonso Reyes, Pedro Enríquez Ureña son solamente algunos de los nombres cuyos perfiles políticos son bien conocidos. Entre las mujeres destaca la labor de la desafortunada Rosario Castellanos y de Belli. En Latinoamérica, Macune señala, los novelistas latinoamericanos han jugado un papel esencial en la transformación de las comunidades que representan, tanto a nivel político-intelectual, como literario. Procediendo en el rol de actores, a la vez que cronistas de la política de sus países de origen, los letrados de la América de habla hispana han desarrollado un ser ontológico intelectual afín a sus predecesores franceses. Lejos de acercarse a la controversia que “La traición de los intelectuales” de Benda produjera, ellos se han mantenido, como bien afirma Jorge Ibargüengoítia, al timón de la discusión social, de la re-escritura de la historia, y la literatura como arma meta-ficcional para ejercer el cambio social [41]. Mientras los intelectuales de otras áreas geográficas estaban en crisis, los intelectuales de latinoamerica se mantienen a la brega luchando por rescatar la imagen política y social de sus países de origen.

Notas de pie de página

461 Véanse Mario Vargas Llosa, El pez en el agua, (Barcelona, Seix Barralt, 1988), pág. 46 y Gioconda Belli, El país bajo mi piel, (Madrid, Plaza Janés, 2001), pág. 330. Vargas Llosa confiesa que se sintió compelido a participar en la lucha por la presidencia (a pesar de las advertencias de sus amigos) al ver la situación económica de Perú por “razones morales”. Belli, quien estuvo comprometida con el FSLN desde el principio, relata en sus memorias que tomar el poder de la manera que lo hicieron los sandinistas resultaba alucinante y que siempre se sintió algo incómoda frente a esto. En cierto sentido, la intelectual nicaragüense confiesa haber estado poco preparada para la faena, al tiempo que afirma que no se esperaba los resultados de su intervención en la política.

472 Véanse Edward Said, “Opponents, audiences, constituencies and Community, en The Politics of Interpretation, (Chicago: University Of Chicago Press, 1983) y Terry Eagleton,The Illusions of Postmodernism, (Oxford: Blackwell, 1996).

483 Véanse John Patrick Diggins, “The Changing Role of the American Public Intellectual in American History”, en The Public Intellectual: Between Philosophy and Politics, Melzer et al eds. Lanham, (Maryland: Rowman and Littlefield, 2003).
Noah Chomsky, Overcoming Orthodoxies, entrevista del16 Diciembre 2000,
http://www.zmag.org/chomskyarticles.htm Consultado el 16 de mayo de 2009.

494 Benda llama a los intelectuales “clerks”, véase Julien Benda, The Treason of the Intellectuals, Richard Aldington, redactor. (New York: William Morrow and Company, 1928).

505 Véase Michael Scott Christofferson, French Intellectuals against the Left: The Antitotalitarian Movement of the 1970, (Oxford: Berghahn Books, 2004).

516 Véase Jen Reich, “Intelligentsia and Class Power in Eastern Europe Before and After 1989”, en Aussenpolitk, (English Edition), Vol. 43, 4th quarter 1992, págs. 315-323, pág. 318. Cursivas y traducción del inglés, mías.

527 Véase Jerome Karabel, “Towards a Theory of Intellectuals and Politics”, JSTOR, en Theory and Society, Vol. 25, No. 2 (April 1996), págs. 205-233, pág. 209.

538 Véase Jorge Ibargüengóitia, “The Fellow-Travelers”, JSTOR, en Latin American Research Review, Vol. 4, No.1, págs. 223-226.

549 Véase Angel Rama, La Ciudad Letrada, (Hanover: Ediciones del Norte, 1984).

5510 Véase Jeremy Jennings y Anthony Kemp-Welch Eds, Intellectuals in Politics, (London: Routledge, 1999), pág. 7.

5611 Véase Terry Eagleton, The Illusions of Postmodernism, (Oxford: Blackwell, 1996).

5712 Véase Thomas William Heyck, “Myths and meanings of Intellectuals in Twentieth-Century British National Identity”, JSTOR, en The Journal of British Studies, Vol. 37, No. 2, (April 1998), págs.192-221.

5813 Véase Martin Anderson, Impostors in the Temple, (New York: Simon and Schuster, 1992).

5914 En Estados Unidos la libertad académica se preserva a través del sistema de tenure que garantiza la estabilidad laboral del catedrático aún si su visión política- en las cátedras que imparte – sea controversial. Generalmente, el sistema funciona. A pesar de ello, después del 11 de septiembre del 2001 el catedrático con tenure Ward Churchill que trabajaba en la Universidad de Boulder, Colorado, fue desposeído de su cargo por proclamar que las victimas de la masacre de las torres gemelas se lo merecían. En el artículo de Churchill: “Some People Push Back: On the Justice of roosting Chickens” el profesor universitario acusaba a los muertos del 9-11 de ser pequeños Eichmanns. El proceso fue duramente criticado por las universidades estadounidenses. Cuatro años más tarde las cortes lo reivindicaron declarando su despido por motivos políticos.

6015 Véase Marta Morello-Frosh, “The Opulent Facundo”, en Sarmiento, Eds. Halperin et al., (Berkeley: University of California Press, 1994), pág. 32.

6116 A. Pinochet, 1978, Por gentileza de: http://www.geocities.com/Athens/2982/sepulve.htm , consultado el Miércoles 25 febrero 1998 – Nº 663, Pinochet: el gran travestido

6216 Solamente por mencionar algunos: La crisis del añil en Guatemala o el banano en Colombia y Nicaragua. Véase Victor Bulmer-Thomas, The Economic History of Latin America since Independence, (Cambridge: Cambridge University Press, 1995).

6317 Véase Gerald Martin, Introducción en Señor Presidente, (Madrid, España: Colección Archivos, 1999), págs. XXVIII, b.

6418 Asturias recibe la obra en París hacia 1925. Taracena Arriola comenta que en lo que al personaje de Estrada Cabrera como fuente literaria se refiere, “donde más influyó Arévalo Martinez en Asturias es en proporcionarle una síntesis de la ambientación del personaje y del régimen de El señor Presidente, pág. 244.

6519 Wolfgang Iser, citado por Spilka “Still Towards a Poetics of Fiction”, en Mark Spilker y McCracken-Flescher, eds., Why the Novel Matters, (Bloomington, IN: Indiana University Press, 1990), pág. 17.

6620 Véase Ian Watts, The Rise of the Novel, (Lost Angeles, California: University of California Press, 1964), pág. 33.

6721 Véase Jean-Paul Sartre, “Why Write?”, en Critical Theory since Plato, (London: Harcourt Brace, 1992), también Arnold Hauser, Social History of Art, (London: Routledge, 1995).

6822 Citado por Charles Macune, “Latin American Literature as a Source of History” en The History Teacher, Vol. 22, No. 4, (August 1989), pág. 80.

6923 Véase Marta Morello-Frosch, “The Opulent Facundo”, en Sarmiento, Eds. Halperin et al. (Berkeley: University of California Press, 1994).

7024 Véase Jorge Castellanos y Miguel Ángel Martínez, “El dictador hispanoamericano como personaje literario”, en Latin American Research Review, Vol. 16, No. 2, (1981), págs. 79-105.

7125 Véase Carmen Perilli, “Fábulas de la historia en la narrativa latinoamericana de fines de milenio”, http://hum.gu.se/institutioner/romanskasprak/iberoamerikanskainstitutet/publikationer/anales/anales34/perilli.pdf/download , consultado el 16 de mayo de 2009

7226 Véase Franz Galich, “Prolegómenos para una Historia de las Literaturas Centroamericanas”, in Istmo No. 1, (2000). http://collaborations.denison.edu/istmo/n01/articulos/prolego.html , consultado el 16 de mayo de 2009.

7327 Perilli, Carmen. “Fábulas de la historia en la narrativa latinoamericana de fines de milenio”, http://hum.gu.se/institutioner/romanskasprak/iberoamerikanskainstitutet/publikationer/anales/anales34/perilli.pdf/download

7428 Véase Charles Macune, “Latin American Literature as a Source of History”, en The History Teacher, Vol. 22, (no. 4; August 1989), págs. 497-509.

7529 Preocupado por las repercusiones políticas de la obra, Asturias le pide a un amigo que guarde la novela escondida en su casa. La publicación de la obra no se realiza sino hasta 1948, cuatro años después de la caída del dictador Ubico. Véase la nota sobre Juan Olivero en Gerald Martin, Introducción al Señor Presidente.

7630 Citado por Gerald Martin, “Destinos: la novela y sus críticos”, en Señor Presidente, pág. 513.

7731 Véase Jorge Castellanos y Miguel Ángel Martínez, et al: “El dictador hispanoamericano como personaje literario”, en Latin American Research Review, Vol. 16 No. 2, (1981), págs. 79-105.

7832 Véase Gerald Martin, “Introducción”, en Hombres de Maíz, (Madrid, España: Colección Archivos, 1992).

7933 Miguel Ángel Asturias, Citado por Gerald Martin, pág. 471.

8034 La novela originalmente, nace de un cuento, “Los mendigos políticos” escrito en Guatemala cuando Asturias tenía solamente dieciocho años. Un par de años más tarde, el autor lo amplia en una novela con fuerte influencia valle-inclana llamada Tohil. La obra, según Asturias, fue escrita siete u ocho veces y terminada antes de regresar a Guatemala en 1933. Algunos críticos literarios piensan que fue contemporánea de Doña Barbara(1929). Véase Martin.

8135 El protagonista de La Oficina de Paz de Orolandia es un escritor, quien aparentemente, es el único elemento “ilustrado” en tal entidad gubernamental.

8236 Solamente para citar a algunos, Enrique Gómez Carillo, Máximo Soto Hall y el mismo Arévalo Martínez.

8337 Las “worry dolls” son las muñequitas producidas para turistas y vendidas en todas las tiendas típicas de Guatemala supuestamente basados en una leyenda “maya”. Dice la leyenda que si les recitas tus penas, antes de dormir, y los colocas debajo de la almohada, al día siguiente los problemas que te aquejan han desaparecido.

8438 Aunque Castellanos et al se refieren aquí a la novela de dictadura como novela panfletaria, yo considero que su juicio es un tanto exagerado. Si bien se puede decir que existe un elemento panfletario en la novela de dictadura, la intención de la mayor parte de sus autores pareciera apuntar hacia una crítica social de una sociedad casi en estado de defunción. La exageración, el caricaturismo político y otras características asociadas a la “obra panfletaria” están presentes en estas novelas, pero yo no me atrevería a decir que son el único propósito del género. De igual manera, sostengo que sus comentarios frente a la obra de Asturias en cuanto que no “llega a ocupar al alto rango” que se le ha impuesto dentro de las novelas de dictadura, me parecen apresuradas. El problema de ciertos críticos literarios es precisamente tratar de desliar consideraciones políticas e históricas de la obra en sí. Novelas hermanas como Cien Años de Soledad, Yo, El supremo, La sombra del caudillo, y Tirano banderas deben ser medidas con otros aparejos.

8539 Véase Gerald Martin, “Arévalo Mártinez y la lucha por la vida” en El hombre que parecía un caballo y otros cuentos, (Madrid, España: Colección Archivos, 1997).

8640 Véase Arturo Taracena Arriola, “Arévalo Martinez y la Guatemala de los años diez” en El hombre que parecía un caballo y otros cuentos, (Madrid, España: Colección Archivos, 1997), pág 245.

Bibliografía

87Anderson, Martin. Impostors in the Temple, (New York: Simon and Schuster,
1992).

88Arias, Arturo. _El señor presidente: Amor y sentimentalidad como tropo de la unidad
frente a la dictadura_, http://www.literaturaguatemalteca.org/arias26.html. Consultado el 16 de mayo de 2009.

89Asturias, Miguel Ángel. El señor presidente, (Madrid, España: Colección Archivos, 1999).

90Belli, Gioconda. El pais bajo mi piel: Memorias de amor y Guerra, (México: México: Txalaparta, 2005)
Benda, Julien. The Treason of the Intellectuals, Trans. Aldington, Richard, (New York: William Morrow and Company, 1928).

91Bulmer-Thomas, Victor. The Economic History of Latin America since Independence,
(Cambridge: Cambridge University Press, 1995).

92Castellanos, Jorge y Martínez, Miguel Ángel. “El dictador hispanoamericano como
personaje literario”, en Latin American Research Review, Vol. 16, (no.2; 1981), págs. 79-105.

93Chomsky,Noah. Overcoming Orthodoxies, entrevista, 16 Diciembre 2000,
http://www.zmag.org/chomskyarticles.htm.

94Christofferson, Michael Scott. _French Intellectuals against the Left: The Antitotalitarian
Movement of the 1970_, (Oxford: Berghahn Books, 2004).

95Debray, Regis. _Teachers, Writers, Celebrities: The Intellectual of Modern Day
France_, ( London: Verso, 1981).

96Diggins, John Patrick. “The Changing Role of the American Public Intellectual
in American History”, en _The Public Intellectual: Between Philosophy and
Politics_, Melzer et al eds. (Lanham: Maryland: Rowman and Littlefield, 2003).

97Eagleton, Terry. En 12 February 2001, The Illusions of Postmodernism, (Oxford: Blackwell, 1996).

98Galich, Franz. “Prolegómenos para una Historia de las Literaturas Centroamericanas”,
(Revista Istmo, 2000).

99Griffith, William. “The Historiography of Central America Since 1930”, en The Hispanic American Historical Review, Vol. 40, No. 4, (November 1960), págs. 548-569.

100Hauser, Arnold. Social History of Art, (London: Routledge, 1995).

101Heyck, William Thomas. “Myths and meanings of Intellectuals in Twentieth-Century British National Identity”,JSTOR, en The Journal of British Studies, Vol. 37, No. 2, (April 1998), págs. 192-221.

102Ibargüengóitia, Jorge. “The Fellow-Travellers, JSTOR, en _ Latin American Research
Review_, Vol.4, ( No.1) págs. 223-226.

103Jennings, Jeremy, Kemp-Welch, Anthony. Eds., Intellectuals in Politics, (London:
Routledge, 1999).

104Jacoby, Russel. “The Decline of the American Intellectual”, Cultural Politics in Contemporary America, (NY: Routledge, 1989).

105Karabel, Jerome. “Towards a Theory of Intellectuals and Politics”, JSTOR, en Theory and Society, Vol.25, No. 2, (April 1996), págs. 205-233.

106Laski, Melvin. _Voices in a Revolution: Intellectuals and Others in the Collapse of
the East German Communist Regime_, (Sussex: Grange Press, 1991).

107Martinez, Rafael Arévalo.La oficina de paz de Orolandia. (Guatemala, Guatemala: Landivar, 1966).

108El hombre que parecía un caballo y otros cuento, (Madrid, España: Colección Archivos, 1997).

109Palma, Francisco Alvizúrez. “Miguel Ángel Asturias: para una revaloración de su
Narrativa”, Entrevista con el doctor Francisco Alvizúrez Palma.
http://www.virtualology.com/virtualpubliclibrary/halloffamousauthors/MiguelAsturias.com

110Macune, Charles. “Latin American Literature as a Source of History”, en The History Teacher, Vol. 22, (no. 4; August 1989), págs. 497-509.

111Martin, Gerald. “Introducción” en Señor Presidente, (Madrid, España: Colección Archivos, 1999).

112—“Introducción”, en Hombres de Maíz, (Madrid, España: Colección Archivos, 1992).

—“Génesis y trayectoria del texto” (Madrid, España: Colección Archivos, 1992).

113Menton, Seymour. “Los Señores Presidentes y los Guerrilleros: The New and the Old
Guatemalan Novel”, en Latin American Research Review, Vol. 19, (No.2; 1984) págs.
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114Muller, Jan Werner. Another Country: German Intellectuals, Unification and National Identity, (London: Yale University Press, 2000).

115Perilli, Carmen. “Fábulas de la historia en la narrativa latinoamericana de fines de
milenio”, http://hum.gu.se/institutioner/romanska sprak/iberoamerikanskainstitutet/publikationer/anales/anales34/perilli.pdf/download sprak/iberoamerikanskainstitutet/publikationer/anales/anales34/perilli.pdf/download

116Rama, Angel. La Ciudad Letrada, (Hanover: Ediciones del Norte, 1984).
Referencia: Historia General de Guatemala, Vol. 4-5, (Guatemala: Fundación para la Cultura y el Desarrollo, 1995).

117Reich, Jen. “Intelligentsia and Class Power in Eastern Europe Before and After 1989”, en Aussenpolitk, (English Edition), Vol. 43, 4th quarter 1992, págs.315-323.

118Said, Edward. “Opponents, audiences, constituencies and Community, en The Politics of Interpretation, (Chicago: University of Chicago Press, 1983).

119—“Orientalism revisited: An Interview with Edward Said”, _ JSTOR_, en _MERIP
Middle East Report_, No. 150, Human Rights and the Palestine Conflict, págs. 32-36

120Sánchez, Gómez, Gonzalo. “El compromiso social y político de los intelectuales”, Speech upon reception of the Diskin Memorial Lectureship Award by the Latin American Studies Association and Oxfam America, Miami, March 2000, (www.mamacoca.org-sanchez_intelectuales.htm).

121Sartre, Jean Paul. “Why Write?” en Critical Theory since Plato, (London: Harcourt Brace, 1992).

122Scott, Alan. “Between Autonomy and Responsibility: Max Weber on scholars, academics and intellectuals”, en Intellectuals in Politics, (London: Routledge, 1999).

123Sommer, Doris. Foundational Fiction, (Berkeley: University of California Press, 1991).

124Spilka, Mark. “Still Towards a Poetics of Fiction?” en Spilka Mark y McCracken-Flescher, eds. Why the Novel matters?, (Bloomington, Indiana: Indiana University Press, 1990).

125Taracena Arriola, Arturo “Arévalo Martinez y la Guatemala de los años diez” en El hombre que parecía un caballo y otrs cuentos, (Madrid, España: Colección Archivos, 1997).

126Vargas Llosa, Mario. _ El Pez en el Agua_, (Barcelona: Seix Barralt, 1998).

127Vidal, Gore. “Requiem for the American Empire”, en Cultural Politics in Contemporary America, (New York: Routledge, 1989).

128Watts, Ian. The Rise of the Novel, (Los Angeles, California: University of California Press, 1964).

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Para citar este artículo :

Maria Odette Canivell Arzú, « El poder de la pluma: los intelectuales latinoamericanos y la política », Boletín AFEHC N°41, publicado el 04 junio 2009, disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id;=2202

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