Ficha n° 2360

Creada: 20 marzo 2010
Editada: 20 marzo 2010
Modificada: 21 marzo 2010

Estadísticas de visitas

Total de visitas hoy : 11
Total de visitas : 880

Autor de la ficha:

Iván MOLINA JIMENEZ

Editor de la ficha:

David DíAZ ARIAS

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Marte en un bochinche. Guerra, modernismo y nación en la Nicaragua de 1896

El presente artículo analiza el imaginario creado por el periódico El Heraldo de la Guerra a propósito del conflicto que, en la Nicaragua de 1896, enfrentó al gobierno de José Santos Zelaya con los liberales de León. Las particularidades de esta confrontación, en la que los conservadores de Granada combatieron a disgusto a favor de un régimen al que se oponían, explican en mucho que, en vez de recuperar las recientes tradiciones locales de invención de la nación, la propaganda oficial, a tono con el temprano modernismo de esa época, apelara a la Antigüedad clásica para ofrecerle a quienes defendían el orden establecido un referente básico con el cual identificarse.
539
Autor(es):
Iván Molina Jiménez
Fecha:
Marzo de 2010
Texto íntegral:

1La primera versión de este trabajo fue publicada en Frances Kinloch, ed., Nicaragua en busca de su identidad (Managua: Instituto de Historia de Nicaragua, 1995), págs. 351-380.

2

Palacio
Palacio

3El 24 de febrero de 1896, a las 10 de la mañana, el vapor “Ángela”, surto en el puerto de Momotombo, fue atacado por una fuerza de unos 500 efectivos; dado que la nave estaba lista para zarpar, sus 40 ocupantes repelieron con éxito el asalto, aunque con el saldo de varios muertos y heridos1. Este tiroteo fue el inicio de una revuelta contra José Santos Zelaya que, después de casi tres meses de guerra, fracasó. El epicentro rebelde fue León, donde una asamblea de diputados occidentales, tras desconocer al gobierno, elevó a presidente a Francisco Baca y a general en jefe a Anastasio J. Ortiz2.
La configuración política que cristalizó a raíz de tal enfrentamiento fue poco ortodoxa: Zelaya, un liberal con cuyo ascenso al poder finalizó el período de los “Treinta Años” (1857-1893), de predominio de los conservadores, dependió de estos últimos para sofocar la acometida de los liberales. El 27 de febrero de 1896, El Heraldo de la Guerra, un periódico oficial, advertía:

4“ayer, entre las 10 y las 12 del día, hubo en la casa que fué del General don Frutos Chamorro, y que es hoy de sus hijos y nietos, una reunión de correligionarios políticos nuestros, á fin de recibir á la comisión conservadora de Managua, que vino á solicitar el concurso de Granada, para salvar al país de las garras de la demagogia leonesa3 ”.

5La derrota de los insurrectos exigía el decidido concurso de los adversarios tradicionales, cuyo apoyo al gobierno tuvo por trasfondo el viejo conflicto entre León y Granada. El joven conservador Emiliano Chamorro, con casi 25 años y el grado de capitán en 1896, expresó sin vacilación que combatía a disgusto cuando Zelaya, durante una inspección a las tropas ubicadas cerca del puerto de Momotombo y por medio del general Nicasio Vázquez, lo convidó a cenar. La actitud del invitado fue clara:

6“(...) me pareció mejor ser franco con Vázquez para evitar que el Gral. Zelaya sufriera una equivocación respecto a mi conducta, diciéndole a Vázquez: ‘Agradezco al Gral. Zelaya su generosa invitación, pero no quiero que mi presencia lo haga pensar que yo desisto de mi oposición franca y firme a su Gobierno. Hágame favor de decírselo así[4] ’”.

7El traslape de lo local y lo partidista en el conflicto de 1896 originó una compleja urdimbre política: los aliados del presente eran los opositores del pasado y – verosímilmente – del futuro, y los enemigos de hoy eran los partidarios de ayer y quizá del porvenir5. El desafío ideológico implícito en un espectro de fuerzas de este tipo fue enfrentado sin tardanza por la propaganda oficial. El periódico El Heraldo de la Guerra6, que circuló entre el 26 de febrero y el 14 de mayo, fue el eje de un dinámico proceso de elaboración de imágenes, que invocó vestales y clarines, hidras y ángeles, monstruos y fénix.

La lira de Tirteo

8El Heraldo comenzó su actividad periodística con una proclama solemne, en la cual el estallido de la guerra, en vez de ser anunciado por los tiros, era presagiado por graves acordes marciales:

9“la trompa bélica ha sonado una vez más en los campos de nuestra hermosa Nicaragua. La lira de Tirteo tañe en los campos y poblaciones, en la selva y en la ciudad, pidiendo el restablecimiento de la ley, hollada en mal hora por nuestros hermanos7 (...)”.

10La distancia entre Tirteo y los dioses antiguos era suficientemente corta, lo que facilitó que el periódico la transitara sin esfuerzo; de acuerdo con el editor, el ejército de Zelaya escribiría una

11“(...) nueva y lujosa pájina en la historia patria (...) con sangre nobílisima. ¿Y qué significa un poco del licor de Marte vertido en cambio de una corona de laurel, que es ciertamente el premio que nos espera? (...) Cúmplenos pues, á fuer de valientes, recoger el guante injustamente lanzado, prepararnos para el duelo8 (...)”.

12La conscripción, que usualmente se ensañaba con los pobres del campo y las urbes9, fue convertida por el periódico en una práctica en extremo popular, que se asumía con alegría y entereza:

13“es indecible el entusiasmo con que acuden á alistarse los jóvenes de nuestra sociedad managüense. El grito de ¡viva Zelaya! ¡Viva el Gobierno! tiene el poder de corriente eléctrica en nuestra juventud. ¡Adelante (...) la gloria es vuestra! El Dios de la guerra está con vosotros (...) Un fénix en cada uno de vosotros, espera Managua10 ”.

14La experiencia en Masaya fue parecida a la de la capital: alistarse era casi una fiesta; según la edición del 27 de febrero, en la estación del ferrocarril,

15“(...) se han parodiado lujosamente aquellas escenas de Esparta antigua: las madres empujan á sus hijos. Los heraldos de la fama dirán al mundo vuestro patriotismo y comentarán vuestros nombres11 ”.

16El apoyo que a disgusto dieron los conservadores a Zelaya, y que tenía por base la vieja disputa entre Granada y León, adquirió otro matiz al ser descrito por el periódico el 28 de febrero:

17“(...) los principales hombres públicos de nuestro país (...) olvidando sus diferencias políticas y estrechándose alrededor de la bandera nacional, aúnan su esfuerzo patriótico para aplastar la hidra de la anarquía y de las malas pasiones, que (...) ha lanzado su reto desde las murallas del cuartel de León12 (...)”.

18El 28 de febrero, cuatro días después del ataque al vapor, el periódico terminó de perfilar el imaginario de la guerra; en un artículo evocador de los sonoros versos de Darío13, acotó:

19“la divina Astrea alzóse airada contra sus enemigos, fulminó su excomunión y despertó sus iras. La Fama acudió á su requerimiento y con mano de brocado de oro cubrió á los legitimistas. Los heraldos tocaron sus clarines prepotentes (...) Las vestales de la Patria encendieron y avivaron la pira sagrada del patriotismo, y al holocausto grandioso concurrieron todos sin excepción de personas (...) Esparta revive aquí, Atenas renace y Roma se reproduce14 ”.

20La identificación del tropical paisaje nicaragüense con la geografía que se baña en las olas de los mares Tirreno y Egeo, sin embargo, se había iniciado el día 27 de febrero, cuando el periódico afirmó:

21“la Cuesta y Nagarote son para nuestro pueblo lo que el Aventino y Janículo era para los romanos, diferencia hecha de que aquellos los ocupaban para pedir leyes, y los nuestros ocupan los suyos para restablecerlas (...) Como Júpiter del Olimpo lanzarán sus rayos contra los rebeldes15 ”.

22El imaginario de la guerra se elaboró eclécticamente. El grueso de los materiales procedía sin duda de la Antigüedad clásica, ya fuera de su historia o de su mitología; sin embargo, se recuperó también la concepción del honor, asociada con el duelo, una práctica típica de la Europa de la era Moderna16, y se integraron dos de los símbolos clave del progreso capitalista en el siglo XIX: la electricidad y el ferrocarril. El conjunto de imágenes utilizadas, amplio y variado – de la lira de Tirteo a la industrialización –, devela la sofisticación que la propaganda oficial alcanzó durante el conflicto.

Dioses y ángeles

23La vinculación de lo que ocurría en Nicaragua con las vicisitudes de griegos y romanos se profundizó a medida que la guerra se extendía. El 2 de marzo, al informar sobre la toma de Nagarote por las fuerzas leales a Zelaya, el periódico elogiaba la valentía de

24“(...) los brazos esforzados de [los generales] Páiz y Estrada, ó como es más propio y justo, Héctor y Aquiles modernos, nunca bien ponderados17”.

25La deificación olímpica de los principales líderes militares tampoco estuvo ausente. El 17 de marzo, el periódico dotó a uno de tales jefes con atributos que otrora fueron exclusivos de Júpiter:

26“el General Bonilla ocupó hoy sin combate la ciudad del Viejo desde donde establecerá sus operaciones. Del brazo esforzado de Bonilla partirán rayos sobre la chusma rebelde18”.

27La divinización de la cúpula militar fue tan fuerte y decidida que, diez días después, se extendió a sus bestias (víctimas de otro tipo de conscripción19), las cuales – al decir del periódico – no eran únicamente caballos, sino

28“(...) briosos corceles (...) cuyo resoplido es atronador, aparecen azogados, como que también sienten bélica exaltación, y piafan, y relinchan, y cocean por quebrantar con sus manos aceradas cabezas de trastornadores20 (...)”.

29La celebración de los jefes militares culminó al terminar el conflicto: al empezar el mes de mayo, se comenzó a levantar en Managua un arco de triunfo, ante el cual desfiló la cúpula militar, en pos de un glorioso y merecido tributo. La actividad, de acuerdo con la descripción de El Heraldo, fue propicia para observar efluvios ectoplasmáticos y luminiscentes; en efecto, el periódico, cuyo cierre se aproximaba, aseguró que

30“es el arco obra de buen mérito (...) En uno de los costados (...) se alzaba uno como altar adornado con las banderas de la República (...) Dicho trono, asiento de la República Mayor, estaba custodiado por una guardia de honor compuesta de oficiales, y en él tres pequeñas niñas: Berta Zelaya, Juana Zelaya y Alisia Gámez, esperaban el paso de los vencedores y dispuestas para coronar á los invictos Páiz, Méndez é Irineo Estrada. Cómo será la gloria, habíamos preguntado algunas veces, y anoche [7 de mayo] encontramos la respuesta. Los ángeles coronando á los guerreros. Las niñas no conocían á los Generales, pero no vacilaron al verlos aproximarse. Sin duda la afinidad de dos grandezas dióles en el corazón para decirles: son ellos; sin duda traen algo así como un nimbo ó aureola de luz que las niñas vislumbraron; ó las coronas se condujeron á su destino atraídas por las frentes de los gloriosos21 ”.

31El luminoso magnetismo frontal de los generales, una imagen propia de santos, dioses o ángeles, era afín con la descripción angelical de las niñas, dos de las cuales eran familiares de Zelaya. El uso de figuras cristianas en el imaginario de la guerra fue limitado, aunque El Heraldo identificó algGobierno con la “(...) causa santa de los pueblos (...)”, llamó “(...) réprobos (...)” a los rebeldes y vislumbró en Francisco Baca una versión actualizada de “(...) Judas22 (...)”El cristianismo podía suministrar anatemas para condenar a los insurrectos en términos más cercanos a los oídos populares que las proezas de griegos y romanos; pero carecía del prestigio y de la riqueza marcial de la mitología.
La tradición cristiana – en contraste – sí ofrecía imágenes más apropiadas para designar a las mujeres y definir sus funciones en el conflicto. El 20 de marzo de 1896, el editor del periódico exclamaba:

32“Angeles en la tierra. Toda alma, toda espíritu, es la mujer nicaragüense. Eso decíamos en un número de ‘El Heraldo’. Tócanos agregar ahora: toda corazón, toda beneficencia, toda amor por el que sufre, toda filantropía para con el desgraciado; eso es, y para retratarla del todo faltan voces al Léxico de la lengua. El único nombre que nos parece más aproximado es el de ángeles en la tierra. Aquello decíamos y esto agregamos para consignar los nombres de las apreciables señoras y señoritas que con tanta abnegación desempeñan el papel de ángeles en la tierra, ya visitando los hospitales de sangre, ya sirviéndolos como les es posible23 ”.

33El esplendor angelical, sin embargo, era exclusivo de la piel de damas y damitas. Las mujeres de extracción popular eran, a diferencia de sus superiores sociales, las eventuales víctimas de violaciones y de otros abusos24, y las encargadas de cumplir labores más prosaicas. El 3 de marzo, Félix Zelaya especificó lo que la patria les exigía:

34“(...) que la débil anciana, la pudorosa doncella y la casta esposa no den reposo á sus manos, haciendo hilas para los heridos y galletas para los combatientes25 ”.

Fabricando héroes

35La equiparación de la cúpula militar con los dioses antiguos era un expediente peligroso: a la vez que legitimaba a los jefes, los alejaba del grueso de los oficiales y de la tropa. ¿Cómo salvar esa distancia? El Heraldo, experto en la ingeniería de lo imaginario, construyó un puente: el heroísmo. El héroe, acreedor al tributo y al aplauso divinos, acercaba a las personas comunes a las deidades, al tiempo que las invitaba a emular su –usualmente fatal – ejemplo. El 4 de marzo, ya el periódico insertó una gacetilla titulada

36“Espartana La señora madre del Brigadier Molina al recibir la noticia de la muerte de su hijo, exclamó: Mañana me iré yo con el otro26 ”.

37El óbito de Molina, sin embargo, careció del despliegue publicitario que tuvo el fallecimiento del oficial Andrés Largaespada, cuya tragedia fue deplorada por el mismo Zelaya:

38“hoy [11 de marzo] conquistó nuestro Ejército un lauro más en los campos de ‘Peña Ventosa’ y ‘El Tablón’ (...) Los laureles de este día, sin embargo, están regados por las lágrimas que muchos valientes, compañeros del esforzado Teniente Coronel don Andrés Largaespada, han consagrado á la memoria de este heróico hijo de Managua, que (...) murió como un espartano, abrazado al cañón enemigo. El Gobierno ha mandado hacer solemnes funerales á los restos de tan glorioso militar, á quien se ascendió á Coronel, en premio de su heroísmo27 ”.

39El doctor Leopoldo Ramírez, Ministro de Fomento y Hacienda, asistió en función oficial a las exequias de Largaespada y, dado que el difunto ya había cruzado “(...) las puertas de la inmortalidad”, le preguntó:

40“¿dónde aprendiste valiente, á salvar el honor y la dignidad de la República vilipendiada? Acaso Estrada desde su trono de héroe, infundió en tu juvenil espíritu su aliento poderoso de titán? ¿O esa pléyade de valientes colombianos, tus compañeros, te narraron en las horas del vivac, las proezas de Ricaurte, las glorias de Girardot28 ?”

41Lo que Largaespada contestó, si lo hizo, no figura en el periódico, pero entre el 4 y el 12 de marzo se activó un proceso de búsqueda sistemática de héroes. Este último día, después del discurso de Ramírez, el periódico colocó una gacetilla cuyo título era, simplemente,

42“Troya Al leer las proezas de nuestros valientes, se cree uno trasladado á los tiempos mitológicos, parece que se representa Troya con su guerra, y los nuestros en lugar de los valientes de Esparta. Oriente está justamente orgulloso de tener tan bravos hijos29 ”.

43La estela de Largaespada, pese al brillo oficial con que se cubrió su proeza, se opacó velozmente y, ya a comienzos de abril, el periódico se afanaba por encontrar otro héroe. El 9 de ese mes, y bajo el encabezado de “Predestinación”, otro atributo divino, exponía:

44“precisa creer en la fuerza de los acontecimientos, precisa creer en la predestinación. Hay quienes nacen con estrella de gloria que les trasa el camino del bien. Ramón Ocampo es uno de esos. A bordo del [vapor] ‘Angela’ estuvo listo para oponerse al movimiento naciente, y hundirlo allí mismo. En el descabellado movimiento ejecutado por Lara y Sediles, Ocampo lo descubre y toma parte en el castigo. Preciso es creer, Ramón Ocampo está predestinado para hacer oficios de centinela avanzado destacado desde las líneas del Gobierno30 ”.

45El caso de Ocampo era prometedor, pero tenía el grave inconveniente de que este eventual candidato a la gloria todavía vivía, por lo que admitirlo al panteón de los inmortales, aparte de improcedente, podía ser problemático. La falta de héroes era agravada porque no todos caían bravamente en el campo de batalla. El capitán Nicolás Castro, oriundo de El Salvador, expiró de meningitis en el Hospital Militar de Managua. El ministro Ramírez fue, otra vez, el encargado del elogio fúnebre; sin embargo, el entierro careció del brillo y la cobertura periodística que tuvo, casi un mes atrás, el de Largaespada31.
La carestía fue tal que, el 22 de abril, el periódico, obligado por tan difíciles circunstancias, convocó a la opinión pública para que colaborara en la detección de posibles candidatos a la gloria:

46“a las personas que hayan perdido deudos en la presente guerra y con ese motivo dispongan celebrar honras, pueden remitir sus tarjetas de invitación para publicarlas en esta hoja si así lo desean. El principal anhelo de ‘El Heraldo,’ es popularizar la enseñanza del honor con ejemplos de héroes32 ”.

Pérfidos y bochincheros

47La otra cara del imaginario de la guerra elaborado por El Heraldo era la visión de los enemigos. El enfoque inicial del periódico, en la perspectiva de un conflicto cuyo término se avizoraba a corto plazo, fue casi conciliador. El 26 de febrero, al prologar una proclama de Zelaya, el editor declaraba:

48“(...) quiere el jefe del Ejecutivo que esta publicación se distinga por su carácter mesurado para los agresores (...) hijos á quienes [la República] llamó preclaros, [los cuales] se apartan bruscamente del pabellón glorioso para izar la negra bandera del localismo33 (...)”.

49El día 27, el tono del periódico era ya un poco más fuerte: al definir la causa de los insurrectos, aseguraba que tenía

50“(...) como único fundamento el desorden; como única bandera el lábaro negro de la perfidia; como único lema, la ambición; como único propósito, la ruina del país; como único principio el localismo (...) [por lo cual sus líderes no eran más que] promotores del bochinche (...) engañadores que de alarma en alarma, de mentira en mentira, han conducido como prosélitos de su falsa causa á inocentes del pueblo honrado34 ”.

51La edición del 28 de febrero calificaba a los insurgentes de “Caínes”, la del primero de marzo de “insensatos parricidas” y de “chusma de políticos de mala ley”, y la del 2 los trataba de “réprobos35 ”. El 10 del mismo mes, en una proclama firmada por el general L. Fonseca, se afirmaba que “los traidores serán arrollados36 (...)”y, quince días después, El Heraldo ofrecía en un editorial una precisión teórica acerca de la índole del conflicto:

52“en más de un órgano de la prensa del país hemos visto llamar revolución ó insurrección á la asonada, alboroto ó bochinche que el infernal espíritu demagógico hizo surgir del respiradero de malas pasiones en Occidente, el 24 de Febrero próximo pasado. Nosotros no d firmada por el general L. Fonseca, se afirmaba que “los traidores serán arrollados36 (...)â€